domingo, 29 de noviembre de 2009

Villafría. Capítulo II. Pedro José Tena


Los músculos en descomposición hacían bastante difícil la tarea de mantenerse erguido. Unos tendones gastados, despegados e hilachudos apenas podían soportar el peso de un cuerpo hediondo que a duras penas conseguía mantener el equilibrio. El improvisado desfile de cadáveres se convertía así en una comparsa absurda, lenta y cómica de masas de huesos débiles forrados de jirones de carne oscura, polvo y musgo. No existían los rasgos faciales. Javier buscó entre el tumulto una cara reconocible, alguien a quien poder dirigirse en caso de que sus cuerdas vocales fueran capaces de articular algún sonido más allá de esos espantosos quejidos guturales, pero todos los rostros de la renacida comitiva estaban desfigurados por el proceso natural de pudrición post-mortem. Hacía mucho tiempo que no fenecía nadie en Villafría. No existían muertos jóvenes, cadáveres de buen ver.


- No te preocupes. En unas horas estarás como nuevo. – dijo una voz masculina que salía de algún lugar cercano.

Javier miró a su alrededor y consiguió distinguir a alguien sentado en una tapia. Alguien. No otro de los putrefactos revividos, sino un cuerpo formado y totalmente reconocible en su plena desnudez. De un salto ágil y preciso, Gabriel Estrella desplazó su fornido y peludo cuerpo hasta el suelo y se acercó caminando hacia Javier con pasos firmes. Parecería una persona totalmente normal de no ser por la total ausencia de pigmentación en su piel, tan pálida como la de un cuerpo yacente en la sala de autopsias. Su tez mortecina hacía todavía más escalofriante su gesto: lucía una sonrisa que le hacía parecer satisfecho y tranquilo. Seguía siendo tan feo como Javier le recordaba, pero ahora resultaba el menos desagradable en muchos metros a la redonda. Continuó avanzando hacia él mientras a su lado uno de los renacidos recogía su brazo derecho del suelo e intentaba colocárselo de nuevo en su sitio.



- Relájate y no intentes hacer ningún movimiento brusco. A mí me ha llevado unas horas recomponerme. – le dijo Gabriel al apestoso mecano humano mientras le ayudaba a reubicar su extremidad donde le correspondía.


Tal y como él mismo había deseado y pronosticado, cuando los muertos volvieron a la tierra, Gabriel Estrella fue el primero en hacer acto de presencia. Inicialmente tomó consciencia de estar despierto. Más tarde consiguió ver la oscuridad. Finalmente logró enviar órdenes precisas a su cuerpo para que éste le ayudara a salir de su ataúd y poco después estaba caminando entre las lápidas, desconcertado, hasta que descubrió horas después que otros muertos empezaban a salir de las tumbas y se sentó tranquilamente a disfrutar del espectáculo que había predicho.


Ahora estaba acercándose a Javier con la expresión de satisfacción del que sabe algo que los demás ignoran. Javier intentó decir algo, pero no consiguió escuchar su voz. Quería preguntarle a Gabriel qué había pasado, si sabía el motivo de esta resurrección masiva y por qué era el único que no parecía un desecho. Al mismo tiempo, intentaba asimilar su nuevo estado con la velocidad lenta de un cerebro que todavía no funcionaba a pleno rendimiento. Gabriel, cuando estuvo tan cerca de Javier que ya podía tocarlo con sus fríos pero carnosos dedos, posó su mano sobre lo que antes era el hombro izquierdo de Javier y le dijo: “Mira esto”. Dio media vuelta, se alejó corriendo y volvió a subirse a la tapia, pero esta vez se puso de pie sobre ella, manteniendo el centro de gravedad en una posición envidiablemente correcta. Levantando una mano y extendiendo su dedo índice, obligó a Javier a seguir con la vista sus intenciones: se señaló a sí mismo y luego a unas rejas de acero más bajas que cercaban un patio próximo y que estaban rematadas por puntas en forma de lanza en cada una de sus esquinas. Sin perder la sonrisa, Gabriel cogió impulso y se lanzó contra la improvisada pica, ensartando violenta y sonoramente su estómago contra el mástil. De haber tenido párpados, los de Javier se habrían abierto por completo. Después de unos segundos de silencio, Gabriel comenzó a reír de manera sonora y ascendente, haciendo fuerza con sus brazos para despegarse del hierro y volver a plantarse en el suelo. Ni un rastro de sangre emanó de una herida que cerró en cuestión de segundos, uniéndose piel y carne del mismo modo en el que se acaban fusionando dos gotas de agua que se encuentran demasiado próximas.

- Creo que ahora somos inmortales. – le dijo a Javier.

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